lunes, 9 de noviembre de 2015

Presentación online Perdida en tus brazos de Mar Fernández



Con mucha ilusión le doy las gracias a Mar Fernández por acceder a presentarnos su nueva obra de romántica histórica: Perdida en tus brazos, una novela que os recomendamos.

Gracias por todo Mar.


Como siempre, ficha de la autora, de la novela y la presentación de la novela.



Amante de su ciudad natal, Madrid, llegó al mundo un 5 de octubre de 1979, y hoy vive en un pueblo de Salamanca de apenas treinta vecinos, junto a la persona que eligió para vivir su propia historia de amor.

Su afición por la lectura comenzó una fría tarde de invierno, con tan solo 15 años, cuando aburrida hurgó en los estantes de la biblioteca de su hermana algún libro que le llamara la atención. Allí se decidió por “El jardín de las mentiras” de Eileen Goudge. Y desde ese momento que la romántica la envolvió con su encanto, quedándose hasta la madrugada inmersa en cuanta historia de amor cayera entre sus manos.

Y por entre ellos, la escritura surgió también en ella. Muchos son los cuadernos de espiral donde sus ideas comenzaron a tener vida, plasmando en ellos, mundos donde los hilos de los personajes eran movidos a su antojo, siendo a veces ellos mismos los que guiaban los dedos para escribir sus propios destinos.

Sus estudios en diseño gráfico le abrieron nuevos caminos a su imaginación, donde los colores, las formas y las letras llenaban su cabeza para crear infinidad de ideas.

En junio de 2012 se topó por casualidad con un foro romántico, y fue allí donde descubrió un lugar donde poder compartir lo que su mente creaba, no sin sentir el temor por ello.

Sus escritos son un enredo de personajes maravillosos, entrelazados unos con otros, con ciertos toques de humor y alegría, algunas tristezas y malos aciertos, pero con palabras y frases que llegan al corazón.



Puedes encontrarla en:







Formato: Versión Kindle
Tamaño del archivo: 2364 KB
Longitud de impresión: 224
Vendido por: Amazon Media EU S.à r.l.
Idioma: Español
ASIN: B014T4X8G0

EUR 1,95

Sinopsis:

El Capitán, Robert Newman, ha logrado el objetivo que le ha obsesionado a lo largo de su vida; ser el próspero propietario de una naviera y codearse con la alta sociedad londinense. 
Pero no será capaz de lidiar con las miradas despectivas que le prodigan en las salas de baile. Creyendo, erróneamente, que es debido a su falta de sangre azul decide aceptar la proposición de un Conde, que le ofrece la mano de su hija a cambio del ansiado título que cree necesitar. 

Tricia, hija del conde Richmond, es una joven rebelde y alocada. En los últimos tiempos su alegría se ha disipado gracias al comportamiento desastroso de su padre, que ha dilapidado la herencia familiar dejándolos en la ruina. 
Cuando descubre su plan de casarla con un desconocido toma una decisión que cambiará su vida y la llevará a vivir una aventura inesperada. 

¿Podrá Robert resistirse a lo que siente por la seductora polizón que se ha colado en su barco? 

¿Conseguirá Tricia luchar contra la tormenta que le deparará el destino? 









PRESENTACIÓN DE LA NOVELA:





El Capitán, Robert Newman, ha logrado el objetivo que le ha obsesionado a lo largo de su vida; ser el próspero propietario de una naviera y codearse con la alta sociedad londinense. 

Pero no será capaz de lidiar con las miradas despectivas que le prodigan en las salas de baile. Creyendo, erróneamente, que es debido a su falta de sangre azul decide aceptar la proposición de un Conde, que le ofrece la mano de su hija a cambio del ansiado título que cree necesitar.

Tricia, hija del conde Richmond, es una joven rebelde y alocada. En los últimos tiempos su alegría se ha disipado gracias al comportamiento desastroso de su padre, que ha dilapidado la herencia familiar dejándolos en la ruina. 

Cuando descubre su plan de casarla con un desconocido toma una decisión que cambiará su vida y la llevará a vivir una aventura inesperada.

¿Podrá Robert resistirse a lo que siente por la seductora polizón que se ha colado en su barco?

¿Conseguirá Tricia luchar contra la tormenta que le deparará el destino?



PEQUEÑOS EXTRACTOS:


Robert y Tricia:


Tricia apartó la mirada del marinero que se retiraba para centrarse en el hombre que la observaba iracundo. Era alto como una torre y su piel bronceada estaba curtida por el sol. Su cabello, rojo encendido, llamaba la atención y su rostro estaba presidido por unos ojos tan azules como el mar que los rodeaba. Observó su atuendo, mejor que él de su compañero, lo cual le indicó que su posición en el barco era de mayor rango. Su camisa blanca estaba abierta, impúdicamente para su gusto, y los pantalones negros se ajustaban perfectamente a sus fornidas piernas. Pudo comprobar que tenía todos los dientes cuando los mostró a través de sus gruesos labios.
Evans no era ajeno a su escrutinio, pero estaba más interesado en descubrir que hacía una joven tan bella en aquel barco de mercancías. 
—Vamos, muchacha —pronunció con voz grave antes de cogerla por el brazo sin demasiada delicadeza. 
—¿Dónde me lleva? —preguntó Tricia con angustia.
—Tendrás que dar algunas explicaciones al capitán del barco —La informó escuetamente.
Prácticamente la arrastró hasta unas toscas escaleras de madera por donde subieron con celeridad. Aquel hombre abrió la única puerta que había, y sin demasiadas ceremonias le dió paso a un amplio camarote. 
Tricia observó a su alrededor y se encontró con una cama adosada a una de las paredes. En otro rincón había una pequeña mesa, con platos con restos de comida, y dos sillas ancladas al suelo completaban el conjunto. En el centro, presidiendo la estancia, había una gran mesa de roble repleta de mapas coloridos y papeles esparcidos sin orden ni concierto. Sentado frente a ella había un hombre con la cabeza baja, centrado en la cartografía, y que no pareció percatarse de su llegada. Desde su posición solo pudo vislumbrar sus anchos hombros y su cabello castaño, cuyos rizos se enroscaban al cuello de su camisa blanca. El hombre levantó la vista de sus papeles al escuchar toser al pelirrojo, que aún sujetaba su brazo, y la fijó en ella. Tricia advirtió con cierto deleite que sus ojos eran de un color ambarino poco usual.
—Evans, ¿quién es esa mujer? —indagó el capitán sin apartar la mirada de su persona.
—Me temo que es un polizón —replicó el aludido, sin soltar el brazo que amarraba a la joven.
—¿Cómo pudo colarse? —cuestionó el capitán con el gesto torcido.
—Newman, no tengo ni idea, pero aquí esta.
Robert la observó con desgana, no era la primera vez que algún polizón se colaba en uno de sus barcos, pero aquella mujer no se parecía a los anteriores, hombres perseguidos por la ley que intentaban huir del país.
Era una joven menuda, apenas le llegaba a Evans al hombro, y delgada como un junco. Algunos mechones escapaban de la cofia blanca y mostraban un color castaño rojizo que le recordó a un atardecer. Sus grandes ojos eran azules, iguales al cielo despejado de un día de verano.
Apartó la mirada y chascó la lengua, contrariado por la fascinación que había despertado en su interior. Tenía un largo viaje entre manos y no quería prestar más atención de la debida a la hermosa mujer que tenía frente a él.
Evans carraspeó para llamar la atención de Robert. Tenía asuntos que resolver en cubierta y no le gustaba perder el tiempo.
— ¿Robert? —le llamó.
El aludido volvió su vista a las cartas de navegación que tenía en frente cuando se dirigió a ella.
—¿De dónde ha salido? —preguntó con voz fría.
La joven se tomó unos segundos antes de contestar, pero cuando el volvió a posar sus ojos, que asemejaban a pozos dorados, sobre su persona habló con una voz que no reconocía como propia.
—De Londres, señor —balbuceó. 
Robert se sintió molesto con la respuesta dada, estaba claro que había subido al barco en Londres, de donde habían partido pocas horas antes, ¿pretendía tomarle por estúpido?, pensó molesto.
—¿Cómo se llama? —preguntó achicando los ojos.
A Robert no le pasó inadvertido el nerviosismo que mostró la joven antes de contestar a su pregunta.
Tricia pensó a toda celeridad un nombre, y solo le vino a la mente el de su madre. No quería desvelar el verdadero para que su padre no pudiera localizarla.
—Philipa. 
Robert torció el gesto al comprobar que mentía.
—¿ Philipa? —cuestionó su respuesta, podía percibir su nerviosismo.
—¿Acaso piensa que no sé mi nombre? —preguntó Tricia molesta, temiendo ser descubierta. No había mejor defensa que un buen ataque.
—Eso es lo de menos —atajó Robert con un gesto de mano—, lo importante es saber cómo piensa pagar su pasaje. 
—Señor Newman, antes de pagar deberíamos aclarar ciertos puntos. 
—¿Cómo cuales? —preguntó Robert, elevando sus cejas en señal de sorpresa.
—Si quiere que pague el pasaje debería tener mi propio camarote. 
—¿Un camarote? —balbuceó Robert sorprendido.
Aquella joven no parecía percatarse de la precaria situación en la que se encontraba.
—Sí —replicó ella con rotundidad—, quiero un camarote propio —le exigió, pero su voz se silenció por el brusco vaivén de la nave.
Robert se sintió admirado por su porte y suficiencia, pero sonrió cuando su rostro demudó de color. Parecía que su cuerpo no estaba acostumbrado al mar y le estaba pasando factura. Minutos antes se le había enfrentado con valor y altanería, para segundos después parecer una niña desvalida. 
A pesar de su vestimenta de criada se percató de que no era el caso. Sus manos eran suaves y blancas y sus uñas estaban cuidadas. Conocía demasiado bien a esas insufribles señoritas que había intentado conquistar, y siempre le miraban por encima del hombro a pesar de ver el deseo en sus ojos. 
Dejó de prestarla atención porque debía decidir qué hacer con ella. Parecía observadora, lo demostraba que recordara su nombre cuando Evans solo lo había pronunciado una vez. También había contestado a sus preguntas con celeridad, inventando un nombre falso con soltura, pero no se iba a dejar embaucar. 
—Señorita Philipa, ¿podría explicar a donde se dirigía al subir a mi barco?
—Pues… —titubeó Tricia sorprendida— lo más lejos de Londres que sea posible.
—¿De qué huye? —indagó Robert, clavando la mirada en su rostro.
—De nada —negó Tricia con vehemencia. 
—Sospecho que miente, pero si no quiere contestar no la obligaré, por el momento. Tratemos ahora el precio del billete.
—El billete y el camarote —negoció Tricia.
—Señorita, no tengo todo el día para discutir con usted.
—Discúlpeme, no quería que perdiera su preciado tiempo —replicó enfadada, sin medir sus palabras—, pero el camarote es innegociable. 
—Bien, —aceptó frustrado—, este mismo le servirá, este barco no es de recreo. 
Evans los observaba con curiosidad, ambos parecían haber olvidado su presencia. La joven parecía exasperar a Robert, al mismo tiempo que su mirada encendida le demostraba que no le era indiferente. Le conocía demasiado bien como para no saber cuánto le gustaba una mujer.


Kenneth y Erin:


Cuando se sentó frente al escritorio, con una copa de licor ambarino entre sus manos, sonrió para sí mismo. Debía estar haciéndose mayor porque ya no le seducía aquella vida nocturna que había llevado en la última década. Apenas recordaba un amanecer, que era cuando él dormía para recuperar su cuerpo de los excesos cometidos. Se amoldó a la mullida butaca y dio el primer trago, paladeando el líquido que mantenía en su boca. Era el mejor whisky con el que contaba y disfrutó de su intenso sabor, hasta que unos golpes en la puerta lo sobresaltaron. Su gesto se tensó por la intromisión, le había ordenado a Timothy que nadie lo molestara, pero no se sorprendió al verlo entrar. Dejó la bebida sobre la mesa y se colocó más recto en la silla antes de hablar con voz dura, lo que denotaba su malestar.
—¿Qué demonios pasa ahora?
—Jefe, lo siento —intentó disculparse Timothy, sabía que Kenneth no estaba de humor.
—¿De qué se trata? —preguntó con fastidió.
—Ha venido una chica nueva que quiere trabajar en el local.
—¿Y? —cuestionó sin entender.
—Jefe, la última vez que contratamos a una chica nos maldijo cien veces, dijo que usted se encargaría de elegir en persona a las candidatas.
Kenneth recordó las palabras dichas y su enfado había sido justificado. Todavía tenía presente la nariz prominente de aquella mujer, cuyos ojos bizqueaban de una forma alarmante, ¿acaso sus hombres no tenían gusto para las mujeres? 
Resignado a que su momento de paz había finalizado antes de comenzar, aceptó su destino.
—Hazla pasar.
Erin permanecía quieta frente a la puerta trasera del local más reputado de la zona, como le había indicado el hombre rudo que la había atendido. Aún le ardían las mejillas después de explicarle lo que deseaba, mientras él intentaba ver su rostro a través de las sombras, pero ella lo había evitado. Al quedar sola, el nerviosismo se apoderó de su cuerpo, el pánico la atenazaba por lo que estaba a punto de hacer, pero sabía que no tenía otra alternativa. 
Cuando el hombre volvió y le indicó con un gesto de mano que lo siguiera, sus pies parecían querer negarse a andar, pero los obligó con todas sus fuerzas. Abrazaba con fuerza la capa contra su cuerpo, como si con ello pudiera protegerse de lo que la esperaba en aquel lugar de perdición. Zigzaguearon por un estrecho corredor hasta llegar a una puerta doble cerrada ante ellos y, sin preámbulos, el hombre la abrió y la empujó al interior de la estancia, cerrando la hoja de roble a su espalda.
Los ojos verdes de Kenneth se quedaron fijos en la pequeña figura ante sí, cubierta por una vieja capa que no parecía abrigar demasiado. La joven mantenía la cabeza inclinada y ocultaba su rostro bajo la capucha que la cubría. 
Chascó la lengua contrariado al percatarse de que era demasiado inocente, no parecía saber qué clase de trabajo tendría que realizar si la contrataba. Se levantó de la butaca y caminó con paso firme hasta llegar a ella, que no pareció percatarse de su presencia.
Erin solo fue consciente de su cercanía, cuando una gran mano pasó junto a sus ojos para rozar su barbilla con la intención de elevar su rostro. Fue entonces cuando se encontró con unos ojos verde musgo que le cortaron el aliento.
La voz masculina rompió el silencio que los rodeaba al retumbar contra las paredes de madera.
—Quítate la capa —le exigió.
Con dedos temblorosos, Erin desanudó las cuerdas que mantenían la prenda sobre sus hombros sin permitir que cayera al suelo. De nuevo, sus ojos se encontraron con el suelo, cubierto por una lujosa alfombra borgoña, y supuso que por eso no le había escuchado acercarse.
Kenneth se quedó paralizado por lo que tenía ante sus ojos. Aquella joven era especial, y si sus ojos, tan azules como el cielo despejado, lo habían dejado obnubilado, no fue comparable a la visión de su larga cabellera cobriza que descendía a lo largo de su espalda tras ser liberada de la capucha. Era una joven menuda, y su vestido, de un tono indeterminado, estaba repleto de zurcidos que denotaba su extrema pobreza. Una vez más, notó ese gesto vergonzoso en ella, mientras mantenía los ojos fijos en la alfombra. De nuevo su mano se apoderó de su barbilla para elevar su rostro y así poder observar críticamente el óvalo de piel blanca y tersa frente a sí. Unas pequeñas pecas adornaban el puente de su pequeña nariz y sus labios, a pesar de mantenerse cerrados como una línea horizontal, eran hermosos.
—Pequeña, ¿qué te trajo aquí? 
Erin no encontraba la voz en su garganta porque se había quedado extasiada observando aquel rostro moreno de líneas definidas y altos pómulos, presididos por unos pozos verdes que eran sus ojos. Pudo apreciar de cerca aquellas espesas pestañas que los protegían y la cicatriz que surcaba su mejilla derecha. La ceja oscura de aquel hombre se curvó, como induciéndola a que hablara, y finalmente lo hizo, pero atropelladamente.
—Necesito dinero con urgencia, es cuestión de vida o muerte —explicó con impotencia—. He luchado con todas mis fuerzas estos años por lograrlo honradamente, pero no me quedan alternativas —confesó finalmente.
La voz femenina llegó hasta sus oídos y algo en su interior se removió sin poder decir alguna palabra por unos segundos. Apenas recordaba tener un corazón, pero aquella pequeña lo había hecho latir. Podía leer la desesperación en su rostro, y pensó en las mujeres que trabajaban para él, ninguna se asemejaba a ella.
Cuando abrió su negocio lo primero que decidió fue que solo contrataría a meretrices que gustaran de aquel trabajo, no a pobres jovencitas desesperadas como lo había sido su madre. Aquel recuerdo dolía, porque aún podía vislumbrar a su progenitora tirada en la calle gris sobre un charco de sangre. Uno de sus clientes había acabado con su vida cuando Kenneth apenas contaba con diez años y tuvo que hacerse fuerte en Haymarket con un hermano pequeño a su cargo. 
Se giró bruscamente para darle la espalda y que ella no pudiera leer el dolor en sus ojos antes de hablar.
—No creo que este sea el empleo que buscas. Será mejor que te marches —concluyó Kenneth, deseaba que aquella joven inocente desapareciera de su vista.
Erin vio escaparse entre sus dedos la última oportunidad con la que contaba y, sin pensarlo, rodeó a aquella torre humana para enfrentarlo.
—No es el empleo que busco, pero necesito el dinero. 
—No insista…
—Tengo algo que no puede rechazar.
Los ojos de Kenneth se achicaron tras escuchar que le ofrecía algo que parecía ser especial, y estudió su rostro angelical.
—¿Qué no puedo rechazar? —preguntó intrigado.
—Mi pureza, señor —confesó Erin de nuevo avergonzada, mientras besaba la cruz de plata que pendía de su cuello sin percatarse de lo que hacía.
Aquella confesión, unida a su gesto, enterneció a Kenneth, cosa poco habitual en él. Podía apreciar la desesperación de la joven, pero no podía permitir que aquella pureza que proclamaba se vendiera al mejor postor. Resuelto, caminó hasta su escritorio y rebuscó en el segundo cajón hasta dar con lo que buscaba: una bolsa de cuero con una cantidad considerable de monedas. Volvió a su encuentro y se situó frente a ella, cogió su pequeña mano y allí lo depositó.
Erin abrió desmesuradamente los ojos al notar el cuero sobre su piel. Por el peso adivinó que era más dinero del que había visto en su corta vida. ¿Había sellado ya un trato con aquel hombre?, ¿se solía cobrar tanto dinero por…? Ni siquiera quería nombrar el acto que pensaba realizar. Todas sus dudas fueron resueltas cuando la voz masculina volvió a sonar.
—Pequeña, colócate la capa y regresa a casa. Uno de mis hombres te acompañará.
—¿Qué? —exclamó Erin sin comprender.
—Guarda tu pureza para el hombre que la merezca.
—No entiendo… —balbuceó la joven.
—Piensa que un ángel vino en tu auxilio —sonrió para sí por el calificativo que se había impuesto, «¿él, un ángel?»—. No quiero volver a verte por aquí.















Muchas gracias Mar, te deseamos mucha suerte con tu nueva novela.







1 comentario:

  1. Mil gracias por esta estupenda presentación y la oportunidad de dar a conocer mis pequeños tesoros. Muy agradecida a pasión por la novela romántica. Besossss

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